La recompensa de la cumbre
Llegar a la cima del Villarrica significa coronar un volcán activo y mirar directamente hacia su cráter, donde el vapor de azufre emerge constantemente desde las profundidades de la tierra. Pero la cumbre ofrece mucho más que eso: desde ahí, en un día despejado, se despliega un horizonte que abarca más de siete volcanes de la Araucanía. Es posible distinguir el imponente Lanín, con su silueta perfectamente simétrica en la frontera con Argentina; el Quetrupillán, vecino inmediato del Villarrica; y el macizo Llaima, otro de los volcanes más activos de la zona. En conjunto, forman un paisaje volcánico que pocas montañas del mundo pueden ofrecer en una sola vista.
Cómo es el ascenso
La ruta tradicional comienza en las faldas del volcán, generalmente apoyada por el uso de andariveles (telesilla) que permiten ahorrar parte del desnivel inicial. Desde ahí, el ascenso se realiza sobre nieve y hielo durante buena parte del año, lo que hace indispensable el uso de crampones, piolet y casco, además de ir siempre acompañado de un guía certificado, dada la actividad volcánica y los riesgos propios de la montaña.
El recorrido demora entre 5 y 7 horas de subida, dependiendo de las condiciones climáticas y físicas del grupo, mientras que el descenso suele ser más rápido y, en muchos tramos, incluso divertido: deslizarse sentado sobre la nieve es una de las formas más populares —y eficientes— de bajar.